Ultra Trail Sierra de Espadán

Son las 23:15 y teniéndolo todo preparado partimos hacia la salida de la carrera con algo de frio y nervios. Llegamos al parking junto a las cuevas y ya se respira nervios, tensión e impaciencia en el ambiente por tomar la salida. Multitud de furgonetas, coches y corredores ultimando y chequeando el material. Se escuchan comentarios, charlas entre amigos, chascarrillos llenos de dramatismo y todo envuelto de un halo de nerviosismo y alegría por igual. Marchamos hacia el interior de las cuevas, no sin antes despedirnos de nuestra habitual compañera de aventuras Yaiza. Ya dentro de las cuevas se respira nervios y ganas de comenzar la carrera. Los minutos previos a la salida siempre son un suplicio. Verte con el equipo a cuestas, totalmente mentalizado y concentrado, y esperar esos momentos eternos antes del pistoletazo de salida. Últimas palabras de la organización en cuanto a recomendaciones, nos avisa  de lo que, por desgracia, se convertirá en una tónica a lo largo de casi toda la carrera, como es el balizamiento de zonas muy determinadas del recorrido.

Doce en punto de la noche y se da la ansiada salida de la UTES Sierra de Espadán 2020. 79 kms por delante con 5100 metros de desnivel positivo acumulado que nos esperan por delante. Salimos de las cuevas, bastante retrasados en el grupo, tranquilos y visualizando la carrera. Pronto comienzo  la primera subida seria de la carrera, la llamada  “Pipa”, con un desnivel y pendiente de vértigo, en fila de a uno y casi gateando con las manos, para ir adelantando en la medida de lo posible según permite el trazado y con buenísimas sensaciones, supongo que en gran parte por la adrenalina de la salida y la visual nocturna de todos los focos subiendo. Hago cumbre y pronto cojo ritmo de carrera, colocándome tras un grupito y con buenas sensaciones. Tras varios sube y baja comienza una bajada progresiva en la que consigo adelantar a varios corredores y seguir casi en solitario, sin ser consciente de la posición en la que voy. Llego al km 7 de carrera, con unos 750 metros de desnivel positivo acumulado, y encontramos el primer avituallamiento de carrera, el denominado Cortafuegos, donde ni siquiera paro a recargar. Demasiado pronto aún. Sigo a buen ritmo y con buenas sensaciones, sin ansiarme en las bajadas y muy pendiente de las balizas que vamos encontrando a nuestro paso.

Por el momento todo marcha bien, rodando a un buen ritmo sostenido y pese a que el terreno se preveía técnico, la realidad demostraba que iba a superar a la teoría. Terreno pedregoso, muy revirado y digno de disfrutarse a tope, aunque verdugo de cara a cualquier distancia ultra. Me coloco tras un corredor que rodaba a buen ritmo y comienzo a bajar una zona bastante empinada, con múltiples escalones y saltos en bajada, llenos de piedras sueltas donde nos tenemos que emplear a fondo para no despeñar. Momento crucial en carrera, hacia el km 11, donde en plena bajada, salvando un escalón que me suponía más bajo de lo que realmente era, pisé una piedra de mala manera destrozándome el talón y obligándome a bajar el ritmo considerablemente en los siguientes dos kilómetros. Confío en que yendo el pie en caliente podría pasarse el dolor y la molestia, aunque por desgracia, no fue así y se mantuvo hasta meta. Sigo a la estela del corredor con el que realizo el descenso y aprovechando una bajada de ritmo de éste, lo adelanto y continuo firme apretando dientes e intentando poner terreno de por medio para consolidar la posición. Llegamos pues al segundo avituallamiento, en el km 13 aproximadamente, y paro a rellenar los soft flask y a comer membrillo y un par de trozos de plátano. Para mi sorpresa me avisan de que voy cuarto de la general y de que el tercero había pasado no hacía mucho tiempo.

Continúo la marcha en solitario, totalmente a oscuras, en silencio, pendiente del foco de luz, las pisadas y de las balizas que marcaban el trazado de la carrera, que se antojaban escasas ya en este punto. Poco más adelante veo a lo lejos, subiendo otro cerro, la luz roja intermitente que llevaba el tercer clasificado a su espalda, lo que me motiva a apretar un poquito más de lo normal e intentar pegarme a él lo antes posible. Finalmente en un kilómetro aproximadamente por fin lo alcanzo, corriendo juntos durante un pequeño tramo de bajada y llaneo sin excesiva dificultad. Tras lo cual decido subir un puntito más de ritmo e ir distanciándome poco a poco de él, y comenzando una subida bastante larga y zigzagueante a la par que técnica. Al poco de estar subiendo comenzaron los problemas con las balizas, puesto que en uno de los virajes perdí de vista la continuación del trazado, no siendo capaz de ubicarme y poder seguir avanzando. Al mismo tiempo observaba cómo mi perseguidor se aproximaba a mi punto, por lo que decidí esperarlo y plantear, entre los dos, la búsqueda del camino correcto en el track de carrera. Al poco de unirnos de nuevo, y tras seguir un camino erróneo en un primer momento, conseguimos encontrar la siguiente baliza, muy distanciada y oculta con respecto a la anterior. Desde ahí continuamos juntos en carrera durante bastantes kilómetros, charlando de todo un poco y amenizando el transcurso de la noche. Llegamos juntos al pueblo de Chóvar, donde se encontraba el tercer avituallamiento de carrera y donde, por fin, tenían caldo caliente, pócima secreta para las noches de ultras. Aprovechamos para recargar bien tanto líquidos como sólidos y salimos del pueblo encarando una nueva subida, bastante larga y empinada. Seguimos juntos bastantes kilómetros, en los que metió un puntito más de gas distanciándose en las subidas pero consiguiendo recuperarle en las bajadas. Todo siguió así hasta un punto en el que tras una subida más prolongada de lo que venían siendo, nos separamos un poco más y me equivoqué al coger el sendero de bajada correcto, tomando otro alternativo que iba directo al arroyo, donde me encontré totalmente solo, sin balizas por ningún lado ni referencia alguna, con el añadido de que el frontal empezaba a parpadear, avisando de su muerte inminente. Tras desandar el camino erróneo  y avisar a voces al corredor que iba delante, volví hacia arriba y me dispuse a cambiar la batería del frontal y a intentar localizar el camino correcto de bajada. Poco después y tras tomar otra senda, pude ver a alguien de la organización con una linterna buscándome, pues el corredor que iba por delante había avisado en el siguiente avituallamiento de que me había perdido. Ya de nuevo en el trazado correcto y sobreponiéndome al momento “pérdida” vuelvo a coger ritmo hasta el avituallamiento cercano.

Una vez en él, La Masía, recargo de nuevo líquidos y algo de sólidos, y tras comentar la jugada con los voluntarios sigo a ritmo para volver a meterme en carrera. Pasaron bastantes kilómetros de subidas y bajadas en solitario, sin señal del tercer clasificado pero a su vez sin noticias del quinto o sexto. Más adelante me indican en un desvío hacia arriba que vamos camino al pico Espadán, que la zona está balizada de forma muy precaria y que tengamos mucho cuidado al tomar el trazado. Como bien nos habían avisado de ello, llegué a un punto en el que fue literalmente imposible seguir las balizas. Tras varias idas y venidas entre balizas, tomé la determinación de parame en seco, serenarme y esperar a los corredores que venían tras de mí. En cuanto llegaron a mi punto los dos corredores siguientes,  les expliqué que me era imposible seguir el trazado de balizas, por lo que los tres juntos nos pusimos en su búsqueda, incluso usando uno de ellos el track precargado en el reloj para poder ubicarnos. Tras aproximadamente veinte minutos dando vueltas en círculos, por la ladera de la montaña, sin ningún camino aparente atravesando matorrales y simpáticas zarzas, conseguimos salir en un punto del recorrido correcto e hicimos un esfuerzo por volver a meternos mentalmente en la carrera, cosa que cada vez se hacía más dura y frustrante. Continuamos varios kilómetros los tres juntos, subiendo hacia la cumbre del pico Espadán, mientras la noche se marchaba dando paso al tan esperado día. Ver amanecer en aquel paraje, en ese momento de carrera, ante esas vistas, fue cualquier sinónimo de espectacular. Una vez arriba continuamos por la senda marcada de tierra, que no de balizas, teniendo que dar media vuelta más adelante para encontrar, nuevamente, una baliza escondida y doblada tras un arbusto. Comenzamos la bajada bastante empinada y pedregosa hasta el avituallamiento en el kilometro 45, donde nuevamente recargamos con lo que podemos y con lo que más apetece.

Tras la marcha de los dos compañeros anteriores, unos minutos más tarde prosigo mi marcha, con la cabeza puesta en digerir lo comido y bebido y concentrándome en los kilómetros que quedan hasta el ansiado punto de vida, donde estará esperando Yaiza. Sigo trotando a un ritmo constante, subiendo y bajando por caminos técnicos, con vistas preciosas, centrándome en mi ritmo y olvidándome un poco de la posición que llevo en carrera. Por fin, y tras bajar bastante distancia, llegamos al pueblo de Aín, donde se encuentra el punto de vida y donde para mi sorpresa, nuevamente, me indican de que voy en quinta posición. Inmediatamente les informo de que el chico que iba por delante de mí se ha tenido que perder de nuevo, o retirado por alguna lesión. Llego al punto de vida, donde me espera Yaiza con todo preparado y como siempre, al pie del cañón, pendiente de todo al milímetro.

Tras el repostaje salí directo hacia el siguiente pueblo, Eslida, donde se encontraba el próximo avituallamiento, a escasos seis kilómetros. Llegué allí sin mayor complicación, más allá de los dolores en los pies por la lesión y la tralla de carrera. Una parada corta en el avituallamiento y despedida de Yaiza hasta meta. Sigo el camino visualizando el próximo avituallamiento, que se grababa en la mente como la próxima meta. Continúo a ritmo constante, tanto en subidas andando-bastoneando, como bajando a trote, teniendo siempre presente la silueta de mi perseguidor que mentalmente la sentía cercana a mí.

En cuanto llegué al pueblo de Artana, en el kilometro casi 67 y accedí al avituallamiento ubicado en un pabellón, por fin fui consciente de la posición que llevaban en carrera mis compañeros Alejandro y Antonio, así como los veinte minutos que me dijeron que le sacaba al sexto clasificado de carrera. Con esos datos en la cabeza me dispuse nuevamente a correr todos los llanos y las bajadas y a llevar buen ritmo de bastoneo en las siguientes subidas. En este punto de carrera el sol ya estaba empezando a ser una variable más en la ecuación y comenzaba a hacerse notar. Desde la salida de Artana quedaban aproximadamente doce kilómetros de sendas, zonas verdes y boscosas, calzadas romanas y paisajes realmente preciosos. Tan solo dos subidas fuertes más y bajar directo hasta meta.

Así fue cómo seguí adelante. Corriendo y obligando a las piernas a no parar, a seguir dando el “poquito más” que siempre me esfuerzo a llevar en la cabeza, sacando lo que tanto trabajo estaba suponiendo y lo que tantos giros de guión estaban intentando desbaratar. Comenzar a pasar a corredores de las distancias más cortas, llegar a zonas asfaltadas, acceder a las calles del pueblo, escuchar a lo lejos el murmullo del gentío y enfilar, por fin, la recta de meta. Lo que durante doce horas y cincuenta y seis minutos supo a esfuerzo, dolor, penuria y sudor se tornó en una sonrisa suficiente por la que TODO había merecido la pena. Meta, beso y abrazo fundido con Yaiza, ¿qué más podía pedir?

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